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Palabras mágicas e interpretaciones divergentes: El contexto histórico del diálogo entre Venezuela y los Estados Unidos. *
Asociación Fulbright de Venezuela
John V. Lombardi Amigos y colegas: Para mi es un placer participar en este simposio patrocinado por la Asociación Fulbright de Venezuela. Mi permanente compromiso intelectual con la historia y la vida de Venezuela nació, hace muchos años, bajo los auspicios de Fulbright, oportunidad por la que estaré siempre agradecido. También es un privilegio participar en este simposio en compañía de nuestro embajador, Charles Shapiro, cuya distinguida carrera diplomática es ejemplo de realización profesional; y con una colega de muchos años, la profesora Janet Kelly, cuyos análisis y comentarios de los acontecimientos contemporáneos son de todos conocidos. Con alguna frecuencia los historiadores nos encontramos en circunstancias como ésta; es decir, en compañía de expertos cuyo conocimiento de los acontecimientos actuales, y cuyo compromiso con los importantes asuntos de Estado, exceden grandemente nuestra modesta participación. Es siempre aventurado traer el pasado al presente, como si fuera un testigo fidedigno del futuro. Pero, si bien los historiadores no podemos predecir el futuro, ni por lo general participamos en la conducción del presente, podemos ofrecer cierta comprensión del poder que ejerce el pasado sobre nuestras opciones para el futuro. Ningún país puede eludir su pasado, antes bien puede aprender de él. Ningún país puede concebir un futuro diferente para sí sin haber comprendido lo arraigado que están las estructuras históricas que lo han traído hasta el presente. Entusiasmados con la idea de reconstruir el mundo mejorándolo, con frecuencia subestimamos el poder del pasado; imaginamos que es posible reiniciar la historia partiendo de nuestra generación, concediéndole sólo un acatamiento ceremonial a la estructura históricamente levantada. Tales intentos están condenados al fracaso, no porque a los participantes les falte voluntad o inteligencia, no porque les falte destreza o empeño, sino porque subestiman el vigor del pasado. Imaginan que el hoy es sólo una consecuencia accidental de fenómenos temporales, en vez del saldo de profundas estructuras ancladas en el pasado y reforzadas por la historia de muchas otras naciones. Actualmente, en momentos cuando Venezuela vive una fuerte controversia sobre su futuro, y cuando visiones alternativas de ese futuro alimentan la controversia internacional sobre los venezolanos, y entre los venezolanos y sus colegas en el extranjero, un simposio de esta naturaleza puede ayudar a enfocar algo de esa controversia, al menos de la parte que concierne a los Estados Unidos. Esto me brinda la oportunidad de ofrecer una perspectiva histórica de la naturaleza del diálogo, entre Venezuela y los Estados Unidos, acerca de nuestro mutuo futuro. Las palabras mágicas Democracia y progreso. Equidad y participación. Libertad y oportunidades. Son todas palabras maravillosas. En las Américas somos mayoría quienes subscribimos estas palabras poderosas, las asumimos como principios fundacionales de nuestras vidas y naciones; nos elevamos contra toda negación de los valores que sugieren, y clamamos porque sean implementadas en todas nuestras sociedades. Como toda palabra totémica, éstas tienen meta-significados, poderosos contenidos que hace evocar decidido compromiso, acción y movimiento. Palabras que incitan a pelear por ellas. Palabras para vivir por ellas. Pero en la vida real estas palabras mágicas poseen, para el común de la gente, significados definidos por la historia, matices de comprensión condicionados por la experiencia de generaciones, y, según la ocasión, posibilidades constreñidas o expandidas. Cuando intercambiamos estas palabras mágicas, nos llamamos mutuamente a cuenta, exigimos que cada uno de nosotros implemente la magia contenida en ellas. Con frecuencia nos confundimos porque esas palabras mágicas, dichas en mi contexto, difieren en sentido a cuando son pronunciadas en el de otros. Los Estados Unidos de América y Venezuela comparten muchas palabras mágicas, derivadas de las mismas fuentes intelectuales europeas de las postrimerías del siglo XVIII. Libertad, democracia, sufragio, oportunidades, equidad, nacionalidad, autodeterminación, voluntad popular: todas son palabras mágicas, En los Estados Unidos estas palabras están referidas a un mundo de circunstancias económicas complejas y ampliamente divergentes, abierto a la iniciativa individual, convertido en una nación dotada de poderes centrales limitados y siempre balanceados, formada a partir de entidades políticas altamente independientes. En Venezuela estas palabras están referidas a un mundo de circunstancias económicas especificadas de manera rígida, originalmente organizado y estructurado por el gobierno colonial hispano con propósitos imperiales, y dominado por instituciones centralizadas. La formación histórica de los Estados Unidos y Venezuela Los Estados Unidos son un país que comparte tiempo y espacio, pero no contexto histórico, con Venezuela. Esta emergió, como entidad política coherente, del reajuste estructura l del Imperio español a finales del siglo XVIII. Su existencia advino como la de un montaje colonial destinado a servir las necesidades económicas y militares del sistema comercial español. Los Estados unidos emergieron como la asociación voluntaria de entidades más o menos independientes y empresariales, como respuesta a los que fueron considerados retos de sus nominales dominadores imperiales británicos. Los Estados Unidos llegaron a ser una nación-estado minimalista en 1789, mediante una negociación entre estados que tenían sentido de identidad y autonomía, y que sólo con renuencia cedieron una limitada autoridad a un gobierno central. Tan renuentes estaban esos Estados Unidos a reconocer una autoridad central que la nación libró una sangrienta guerra civil con el fin de establecer una limitada primacía del gobierno nacional, y resolver el problema de la esclavitud. El gobierno central de los Estados Unidos limita sus poderes al mínimo requerido para preservar la paz, proteger la propiedad y garantizar oportunidades para procurar el bienestar. En Venezuela el gobierno central posterior a la independencia también surgió débil y limitado, pero estaba constreñido por su carencia de recursos y su incapacidad para remplazar por completo el sistema de autoridad centralizada que el régimen imperial español implantó en Caracas. Numerosas guerras civiles determinaron qué individuos de cuál región controlarían la autoridad central. Venezuela se esforzó en edificar una versión republicana de la autoridad centralizada imperial española, y encargó a las burocracias del gobierno central la tarea de definir las oportunidades económicas y de especificar los derechos y deberes de sus ciudadanos, Aunque contemplaron el mundo desde perspectivas históricas diferentes, ambas naciones imaginaron un futuro económico ilimitado, basado en el libre comercio y la energía empresarial impulsada por las finanzas internacionales. Pero, mientras los Estados Unidos se desarrollaron y expandieron a lo largo del siglo XIX, libraron su guerra civil para establecer la supremacía de la nación sobre los intereses individuales de los estados, y conquistaron extensos y productivos territorios, Venezuela luchó por definir las bases de la legitimidad de su gobierno nacional. La cuestión de la legitimidad envolvió para los Estados Unidos una complicada negociación que consolidó patrones de gobernabilidad, autoridad y legitimidad. La cuestión de la legitimidad significó para Venezuela la invención de un método completamente nuevo, y entonces no comprobado, para determinar y definir los límites de la autoridad central. Los patrones del pasado hispánico de Venezuela involucraban mucho más que sólo los elementos formales de gobierno (por importantes que pudieran ser). Definían la estructura social y las relaciones de raza, especificaban jerarquías y privilegios, y organizaban el acceso a las oportunidades económicas. Lamentablemente, los pensadores post independencia subestimaron la persistencia de la constitución orgánica de Venezuela, implantada durante siglos de administración imperial española. La abolición de la Corona y su autoridad dejó, en la estructura política de Venezuela, un vacío que fue llenado, a lo largo del siglo XIX y hasta las primeras décadas del XX, por la autoridad de hombres fuertes. Uds. podrán preguntarse por qué me detengo tanto en este momento histórico, cuando todas las miradas y la atención están puestas en los presentes afanes de actores políticos y diplomáticos. Sucede que nos rodea un drama cuyo escenario y cuya retórica pueden parecer nuevos, pero cuya intriga y caracteres predominantes son tan viejos como las repúblicas. Venezuela ha tenido siempre un problema económico fundamental que resolver. En el imperio global español, y desde entonces, ha servido al mundo como un productora y exportadora de materias primas y como una posición estratégica en el Caribe. Las guerras de independencia dejaron el país sin recursos que invertir en otro modelo económico, y la política internacional reforzó su papel estratégico, fortalecido a su vez por la aparición del petróleo como principal producto de exportación. Los regímenes posteriores a la independencia maximizaron el retorno del aparato exportador venezolano como soporte del más alto nivel de vida posible para la mayor parte de la élite. Una versión republicana del sistema colonial hispánico resultó ser el mecanismo de gobierno más adecuado para este proceso. Aparecieron constituciones, elecciones, congresos, tribunales y jurisdicciones locales, pero este arreglo aparentemente distributivo del poder permaneció basado en la autoridad de una burocracia radicada en Caracas como ciudad-centro. Las oportunidades económicas dependieron de políticas y accesos controlados por el gobierno central. La prosperidad dependió de las relaciones con los mercados mundiales de materias primas y capitales, y manejando esta relación mantuvo el gobierno central su primacía. El desenvolvimiento de Venezuela en la era pre-petrolera dependió sobre todo del café, y el petróleo acrecentó la dependencia respecto de las burocracias técnicas centradas en Caracas. Cuando las exportaciones reportaron altos precios, el país prosperó. El gobierno emprendió obras públicas, invirtió en educación, con frecuencia intentó promover una base económica más diversificada, y puso en marcha instituciones democráticas. Sin embargo, los precios de las materias primas de exportación inevitablemente caen, y cuando lo hicieron el país siempre se halló con proyectos a medio terminar, deuda y bajo ingreso fiscal. En ocasiones caía el gobierno (generalmente a manos de competidores impacientes y violentos). Los nuevos dueños del aparato central reordenaban los niveles superiores del privilegio, y, con una recuperación de los precios de las materias primas, podían gozar de otro período de prosperidad, aunque sólo para caer de nuevo víctimas del ciclo de los precios de las materias primas. La experiencia del primer siglo de independencia consolidó en Venezuela el modelo exportador de materias primas. Los años petroleros del siglo XX continuaron este modelo, pero proveyeron recursos suficientes para iniciar el desarrollo de instituciones democráticas sofisticadas, si bien inadecuadas para garantizar oportunidades económicas concretas a la mayoría de los venezolanos. El complejo diálogo entre Venezuela y los Estados Unidos La diferencia de origen como Estado y nación, y sus ampliamente divergentes modelos económicos, subyacen en el siempre difícil diálogo entre los Estados Unidos y Venezuela. En varios momentos de su historia los venezolanos se han sentido descontentos por las políticas de los Estados Unidos, y han considerado la conducta del gobierno de los Estados Unidos dúplice, inconsistente e impredecible. Parte de esto es resultado de la conducta real de los Estados Unidos, que en ocasiones presenta esas características. Pero mucho procede también de una incongruencia en el modo como los Estados Unidos y Venezuela entienden, históricamente, el sentido de nuestras mágicas palabras democracia y equidad. Mientras que los Estados Unidos han desplegado una arrogancia nacional con su histórico compromiso del destino manifiesto, y mientras que, como cualquiera otra nación, procura la prosperidad económica de sus ciudadanos y poder internacional para defender sus intereses, sus colegas de las Américas a veces comprenden mal el núcleo pragmático de la filosofía norteamericana. En los Estados Unidos valoramos la democracia y el gobierno representativo (palabras mágicas, ciertamente), no porque los creemos correctos en algún sentido teórico sino porque esperamos que funcionen. Hacer que las cosas funcionen es la verdadera filosofía pragmática de los Estados Unidos. El estilo de gobierno democrático que caracteriza a los Estados Unidos es teóricamente confuso, filosóficamente ligero y pragmáticamente efectivo. En los Estados Unidos las leyes, los reglamentos y las políticas son dictados para mejorar el funcionamiento de las cosas. Debatimos sobre cómo enmendar las cosas, y generalmente, basados en nuestras tradiciones históricas, preferimos que la responsabilidad parta de los individuos y las empresas privadas, siga por los gobiernos local y estatal, y tenga como última instancia el gobierno nacional. En los Estados Unidos las políticas nacen de la solución de problemas. En los Estados Unidos equidad es una palabra mágica que subraya la inclinación pragmática a la prosperidad. No es una abstracción. Creemos que el éxito práctico requiere que a cada quien se le garantice la Vida (salva y segura), la Libertad (la de procurar individualmente determinados objetivos), y la Prosecución de la Felicidad (la oportunidad de ser prósperos). Por lo tanto, la equidad significa que todos tienen igual oportunidad de buscar tener éxito, pero no igual derecho de alcanzarlo. Por ser un importante productor de materias primas para la exportación a mercados mundiales que no controla, Venezuela atribuye gran importancia al funcionamiento del comercio exterior. El propósito de la política, sea o no considerada democrática, ha sido siempre controlar la burocracia de la ciudad-centro, que distribuye los beneficios y oportunidades de la economía de exportación. Estas razones históricas hacen que muchos comentaristas, venezolanos y norteamericanos, se confundan en las discusiones acerca de las cuestiones que dividen sus respectivos países. Tomemos como ejemplo la palabra mágica democracia. Para los Estados Unidos es una palabra instrumental. Rotula una colección de conductas políticas que desembocan en prosperidad económica y resuelven controversias acerca de cuestiones pragmáticas. La teoría de la democracia no es allí tan importante como su eficacia. Es importante el gobierno central, pero el cambio procede de cada nivel. Si el gobierno central actúa mal, los gobiernos estatales y locales, y los individuos y empresas privadas, pueden seguir funcionando bien. Si falla la economía de un estado, la de los otros puede no ser afectada. En los Estados Unidos los resultados de la mayoría de las elecciones no cambian dramáticamente las posibilidades vitales de substanciales porciones de la población. Las elecciones determinan muchos ganadores y perdedores temporales, en muy diferentes niveles del gobierno, como resultado de procesos independientes y separados, mas para la gran mayoría de los norteamericanos los resultados electorales no son acontecimientos que transformen sus vidas. Para los venezolanos, en cambio, el ejercicio de la democracia tiene un resultado práctico diferente. Cuando las elecciones sirven como el determinante clave de la legitimidad política, la tradición histórica y la estructura económica hacen que sólo sean importantes las elecciones nacionales. La primacía del gobierno central en el modelo económico venezolano convierte las elecciones nacionales en una apuesta del “todo o nada”. Los ganadores controlan la economía; los perderos suelen verse excluidos de las oportunidades económicas. En Venezuela lo que importa es si una elección produce un nuevo ganador y una nueva élite económica, o preserva la anterior. Un cambio ocasionado por una elección abre significativamente las oportunidades para un grupo y las restringe severamente para el otro. En tal sistema es difícil alcanzar tanto la estabilidad como la eficacia. La estabilidad requiere un consenso básico acerca de los procesos y las metas nacionales, incluso si la competencia de sus intereses los enfrenta entre sí sobre detalles y programas. La eficacia requiere el reconocimiento de que el éxito económico es una cuestión práctica, una preocupación pragmática, no una proposición teórica. En consecuencia, las cuestiones conflictivas entre los Estados Unidos y Venezuela suelen desaparecer en la medida en que se disipan los malentendidos sobre las palabras mágicas. Para los Estados Unidos lo importante es que un país aliado tenga éxito en el manejo de su economía, en el desarrollo de sus instituciones y en su participacón en el comercio y los intercambios internacionales. Para los Estados unidos, como para cualquiera otra nación, son exitosos los gobiernos de otros países que, en el menor de los casos, no les perjudiquen, y, a lo máximo, que los apoyen. La democracia es para ellos deseable, pero históricamente ha sido mucho más importante la eficacia. A Venezuela lo que le importa es elevar su ventaja comparativa como economía exportadora, para incrementar su ingreso procedente del intercambio internacional y poder impulsar la prosperidad nacional. La democracia es un método que ayuda a determinar cómo alcanzar esta meta, pero Venezuela ha solido carecer de suficiente riqueza para respaldar oportunidades económicas suficientes para la mayoría de sus ciudadanos. Estando ausentes estas oportunidades, los procesos democráticos crean auténticos perdedores, gente para quienes la consecuencia de la elección es ser eliminados del juego. Si los ganadores demuestran ser competentes, y se expanden las oportunidades económicas, será menor el número de auténticos perdedores. Si los ganadores demuestran ser incompetentes, y las oportunidades económicas declinan, el creciente número de auténticos perderos creará, inevitablemente, inestabilidad política. Los regímenes electos democráticamente que no consiguen expandir las oportunidades económicas, suelen usar las formalidades de los procesos democráticos para encubrir su fracaso. En las discusiones sobre tales casos el uso del lenguaje de las palabras mágicas crea confusión. Me temo que, en la realidad, la vida no versa sobre las abstracciones de la democracia sino sobre su eficacia. Los Estados Unidos son una democracia exitosa. Pero no porque nuestras elecciones sean las más elegantes, no porque hayamos evitado que la política se corrompa, no porque nuestros capitalistas tengan más alta conciencia pública que otros, y no porque nuestros dirigentes sean más sabios. En los Estados Unidos la democracia funciona porque la vastedad de nuestra economía puede sobrellevar los errores de nuestro gobierno, y porque nuestras instituciones gubernamentales son complejas, de manera que ninguna de sus partes llega jamás a acercarse al control total de la agenda de la nación. En la medida en que presenciamos y participamos en el pluri-dimensional diálogo que corre entre los Estados Unidos y Venezuela, el contexto histórico dramáticamente diferente de estas dos naciones aparece formando un permanente subtexto que otorga sentidos radicalmente diferentes a las palabras mágicas que compartimos. En los Estados Unidos hablamos de democracia y equidad, y queremos significar con ello un sistema político que proporciona prosperidad y éxito pragmático. Los venezolanos suelen hablar de democracia y equidad para referirse a la campaña multi-generacional para crear instituciones capaces de superar las limitaciones económicas y sociales heredadas del proceso histórico desde fines del siglo XVIII. Mejor haríamos si habláramos sobre cómo incrementar las oportunidades económicas para todos nosotros en el siglo veintiuno, sin extraviarnos entre las palabras mágicas de principios del siglo diecinueve. * Traducción de Germán Carrera Damas |